sábado 17 de mayo de 2008

1968

A cuarenta años del Mayo Francés, copio a continuación la letra de una gran canción de Joaquín Sabina, titulada 1968, que resume de manera precisa y bonita muchas de las cosas que se podrían decir sobre el tema.
El tema es del primer disco del español, llamado "Inventario", y muestra por qué Sabina es realmente un grande. Dicho de otra manera, ejemplifica por qué Sabina es Sabina, y no apenas un Arjona.

Aquel año mayo duró doce meses
tú y yo acabábamos de nacer
y un señor muy serio moría del disgusto
en la primera página del ABC
los claveles mordían a los magistrados
París era un barrio con acordeón
Marx prohibió a sus hijos que llegaran tarde
a la dulce hoguera de la insurrección

la poesía salió a la calle
reconocimos nuestros rostros
supimos que todo es posible
en 1968.

Jean Paul Sartre y Dylan cantaban a dúo
jugaban al corro Lenin y Rimbaud
los relojes marcaban 40 de fiebre
se hablaba de sexo en la empresa Renault
dos y dos ya nunca más sumaron 4
sufrió mal de amores hasta Degault
en medio de Praga crecían amapolas
como un reto rojo al gris hormigón

la poesía salió a la calle
reconocimos nuestros rostros
supimos que todo es posible
en 1968.

Pero no pudimos reinventar la historia
mascaba la muerte chicle en el Vietnam
pisaban los tanques las flores de Praga
En México lindo tiraban a dar.
mientras Che cavaba su tumba en Bolivia
cantaba Masiel en Eurovisión
y mi padre llegaba puntual al trabajo
con el cuello blanco y el traje marrón

si ahora encuentro aquel amigo
leo en el fondo de sus ojos
que ya se secaron las flores
de 1968.

Los cuadros hicieron huelga en los museos
París era rojo, San Francisco azul
un vagabundo fue elegido alcalde
y la Sorbona estaba en Catmandú
sobreviva imbécil! es el rock o la muerte
beba coca-cola, cante esta canción
que la primavera va a durar muy poco
que mañana es lunes y anoche llovió.

si ahora encuentro aquel amigo
leo en el fondo de sus ojos
que ya se secaron las flores
de 1968.

domingo 30 de marzo de 2008

Propaganda tumbera


Trataré describir a continuación una propaganda radial que escuchamos la semana pasada con flor y otros amigos, mientras viajábamos a San Pedro.
Comienza con una persona hablando en un nítido tono de “pibe chorro”, que dice algo así:
“Yo entré por robo calificado… y sí, un bajón, qué va’ ser… acá la vida e dura, vite, la cosa se ponen difícile… ojo, no toda son cosa mala, eh? Acá yo conocí a jesú, aprendí a rezar… y bueno, acá con lo pibe tratamo de pasar el rato, jugamo al fulbo… a vece miramo película… y, peli de terror o cosa así, que te impresionen, vite? Aunque no mucho, porque acá, no te impresiona nada…”.
Acto seguido y tras un breve silencio, el locutor dice:
“Si robás cable, podés terminar viéndolo con él”.
Y luego da alunas explicaciones más sobre que robar cable es delito y lo mal que está hacerlo y, más aun, lo mal que te puede ir si lo hacés.
Los cuatro que íbamos en el auto nos quedamos totalmente estupefactos, escuchando la barrabasada que la empresa Multicanal nos acababa de regalar. Todos coincidimos no sólo en lo bizarro, sino también en lo denigrante, discriminatorio y atroz de la propaganda, que es de lo peor que he escuchado en mi vida en materia de publicidad radial.
En lo personal, creo que en casos así es cuando la censura se justifica plenamente.

Imperfección

No sé si alguna vez, en la historia del arte o de la filosofía del arte, fue puesta en cuestión la belleza de la perfección, de manera que soy consciente de que puedo estar diciendo una obviedad, una estupidez o, en el mejor de los casos, una mera apreciación de sentido común, común y corriente. Pero me parece que la idea de que existe una relación directa entre belleza y perfección debería ser revisada, por lo menos en lo que refiere a las cosas de los hombres.
Y ello porque, en lo que nos compete como género o raza, la perfección no existe. De manera que el ideal de perfección es, por un lado, inobjetable e inmaculado. Pero si tratáramos de captar con el concepto de “perfecto” algo de lo que nos rodea en el mundo real, se nos presentarían –creo que inevitablemente- dos escenarios: la sobrevaloración de aquello que estamos enjuiciando o su alejamiento al campo de lo remoto e inalcanzable.
Siempre desde mi infundada opinión, creo que en la situación que acabo de describir, el concepto de perfección termina rezagado con respecto a lo bello. En el primer caso –la sobrevaloración- porque ese “plus” que uno pone pero que no está en el objeto lleva a una mínima exageración, a una pequeña desmesura que empaña, que arruina, justamente por poner el foco sobre el faltante; y en segundo de los casos, porque le suma a lo calificado la dolorosa condición de ser imposible.
Lo dicho hasta aquí corresponde a la reflexión que se dispara luego de interpretar una frase de Los Redondos que, hoy, me parece maravillosa. Pertenece al tema “Un poco de amor francés” (que a pesar de estar bastardeado por los medios no deja de ser hermoso), del disco La mosca y la sopa, en el cual, hablando de la mujer que lo ha cautivado, dice: “Es una linda ración /con un defecto (con uno o dos)”.
(Permítanme apartarme del argumento por un momento para decir, sólo por regocijo, que un poquito más adelante explica cómo hizo esa mujer para enamorarlo, con una exquisitez estético-política que no abunda: “el lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó/ de esa miel no comen las hormigas”).
Volviendo, el punto es que al referirse a esa mujer tan especial, esa miel de la cual no comen las hormigas, a esa copa de lo mejor, a su mujer, no cae en la tentación de hablar de perfección, sino que destaca que tiene un defecto… uno o dos.
Si hubiera dicho que era perfecta, en un acto de desmesura adjetivadora, no sólo habría incurrido en una exageración inverosímil, sino que también habría caído en el lugar común en el que todos los enamorados bobos hemos caído alguna vez. Y entonces uno, escuchando, pensaría que la situación por la que atraviesa es absolutamente ordinaria. En cambio, que le reconozca uno o dos defectos, me hace pensar que –sin dudas- está describiendo lo más aproximado posible a lo bello. Lo extraordinario de la poesía aparece aquí, justamente, cuando se destierra la perfección. La pintura, que era perfecta, recibe uno o dos trazos de más, defectuosos; y ahí se vuelve descomunalmente bella.
Dicho esto, finalizo este post que es puro prólogo, diciendo que la filosofía de Los Redondos tiene uno o dos defectos, por lo menos para mi. Y uno de ellos, quizá el más grande, es afirmar que “lo mejor de nuestra piel/ es que no nos deja huir”.
¿Lo mejor? A mi, a veces, me encantaría poder sacarme la piel, dejarla en el mundo haciendo mis cosas e irme, a algún lugar vacío, a charlar conmigo un rato.

lunes 17 de marzo de 2008

La muerte de la política o Del Pacto Inicuo - Segunda Parte


Pese a que pueda ser medio aburrido, copio a continuación una nota periodística que publica hoy Crítica. Creo que tiene mucha relación con la Parte I del post, mención a Ciudad de Dios incluida.


Las pibas narcos

“Gardel, barrio de viudas y huérfanos”, se lee en una pared blanca. Es a modo de epitafio, por la ausencia de los caídos en tiroteos y de los confinados en las cárceles. A primera vista, al mediodía, el paisaje de casas bajas y calles de tierra se hace familiar: una mujer va a hacer las compras con el changuito, un nene vuelve del jardín con un delantal verde manchado con témpera, un hombre lustra una cupé Torino negra al lado de una parrilla en la que humean los chorizos. En esa manzana hay más imágenes de la Virgen María que del Gauchito Gil.

Todo en calma hasta que la mansedumbre presunta se quiebra. De pronto dos banditas de chicos comienzan a insultarse de una esquina a la otra.

–Puta, te espero debajo del puente a ver si tenés aguante –amenaza un grandote.

Del otro lado, una adolescente se lleva la mano a la cintura, saca un revólver, dispara al aire.

–Rajá de acá, gato, o te dejo como un colador –le dice, con el arma humeante en la mano.

El sonido del tiro, seco como el de un petardo, no alcanza a asustar a un chiquito de dos años que empuja un triciclo sobre un montículo de tierra. La chica, de 15 años, es una de las jóvenes “pistoleras” de una de las tres bandas de la zona. De esas tres bandas, dos están lideradas por mujeres. La tercera contrata chicas adolescentes para defender a un jefe traficante. En total, son unas treinta mujeres en el primer plano de una narcobatalla barrial.

El barrio Carlos Gardel, al que muchos de sus habitantes llaman villa, es un conglomerado de monoblocks descascarados y casas de material con más de 15 mil habitantes. Comenzó a construirse en 1968 como un conjunto de viviendas transitorias, detrás del Hospital Posadas, en la localidad bonaerense de El Palomar, partido de Morón, a unos 25 kilómetros del Obelisco. Por una vez los vecinos del barrio coinciden en algo con las fuentes judiciales y policiales que investigan una disputa entre bandas que lleva dos años: en la Gardel se pelea por la droga, pero también por el honor, un viejo rencor, una deuda impaga o una traición. En dos años –contabilizan en los juzgados de la zona– hubo ocho crímenes.

Lo que diferencia a este territorio de otras zonas calientes del conurbano bonaerense es que dos de las bandas son dirigidas por mujeres calificadas como “pistoleras”. Una de ellas es Gladys Silveira, alias La Negra Nipora. Ella ocupa el lugar de su esposo y sus dos hijos, asesinados en emboscadas. La otra es La Claudia, una jefa narco –según los investigadores– que maneja un grupo de chicas que vende droga con sus bebés en brazos, en el monoblock ocho, debajo de un graffiti que dice “Se venden caramelos”. Así lo registró una filmación a la que tuvo acceso este diario y que en pocos días estará en poder de la Justicia Federal de Morón.


UNIDAS O DOMINADAS.

El único grupo manejado por un hombre, alias Mono Tití, reclutó un ejército de chicas adolescentes que juegan a ser pistoleras. “No vamos de caño a afanar, pero tenemos que defendernos. Acá un arma se consigue fácil”, dice Peluquita, de 16 años, que se enroló en la banda del Mono Tití hace cinco meses. En ese grupo habría –dicen los investigadores– unas diez chicas, mientras que la banda de La Claudia habría reclutado a otras quince mujeres. “Hay pibas menores embarazadas que andan armadas. Pero los más peligrosos son los chicos”, dice una fuente judicial. En el grupo que sigue a Nipora también predominan las chicas.

Fiel pupila de Tití, la chica del tiro al aire tiene 15 años y pide, casi con timidez, que la llamen Pequitas. El grandote que la humilló en la esquina y la obligó a desenfundar no se prendió en el tiroteo. “Arrugó porque estaba en zona enemiga, o capaz porque no quería lastimar a una linda mujer”, dice Pequitas. En uno de los bolsillos de sus jeans guarda una pistola calibre 22. “Si esa bala se te mete en el cuerpo te lo recorre como un flipper”, describe, con precisión de cirujano. Es morocha de pelo largo y brilloso, flaca, alta y se pinta los labios color rojo furioso. Usa un anillo plateado en el dedo con el que aprieta el gatillo y tiene puesta una musculosa rosa con la leyenda sexy girl en dorado. “Don, lo que vio recién no fue un tiroteo, fue una guitarreada; yo nunca maté a nadie, pero hay que defenderse”, le dice al cronista que recorrió el barrio el jueves por la tarde y el sábado por la madrugada. A Pequitas y a La Rubia, de 16 años, les gusta fotografiarse con armas. No son las únicas: a otros chicos del barrio les da por posar en fotologs con ametralladoras, armas largas, pistolas automáticas, al estilo de los protagonistas de la película Ciudad de Dios. La Justicia Civil de Morón intervino para sacar de la web esas imágenes. “Fue una travesura”, abrevian los pibes.


CERCANO OESTE.

“Las mujeres ganaron espacio por la ausencia de sus esposos, muertos a balazos o detenidos”, cuenta un vecino nacido y criado en la Gardel.–En mi territorio estamos todos enfierrados, hasta las pibas.

El que ahora le habla al cronista exige que ni su nombre ni el de la banda sean publicados. No da para contradecirlo: está armado y enumera los calibres de sus armas con el dulce entusiasmo de un niño cantor de Lotería Nacional: “22, 32, 38, 44, 45, 48”. Entre risas, pide que lo llamen Mono Tití, por el monito robado hace una semana del zoológico de La Plata. Por su casa –living, dos habitaciones, un patio– van y vienen chicas jóvenes, entre ellas Pequitas, hombres tatuados y un nene de tres años con una mamadera. Tití se jacta de mantener en su casa una política de puertas abiertas –sólo cortinas de plástico– las 24 horas. “Tengo derecho a vivir tranquilo. El día que vengan a matarme, antes tendrán que liquidar a mis soldados”, dice, incluyendo a las pibas. Y no desvía nunca la mirada de la puerta. Afuera se juega a las cartas alrededor de una mesa. Están armados. A pocas cuadras del lugar, el 5 de abril de 2006, balearon a dos policías de civil que investigaban la venta de drogas, y el 27 de octubre de 2007, por orden del fiscal Alejandro Jons, la Policía secuestró armas y detuvo a cinco personas.

“Varias veces cagué a tiros a los policías. Pero a mí también me entran las balas; soy de carne y hueso”, dice el Mono Tití mientras se levanta la remera y muestra siete cicatrices. “Son balas policiales y rivales, facazos tumberos. En siete años me bajaron a ocho de mi banda. Yo zafé por los amuletos de la suerte”, jura. Ahí es cuando señala unos gatitos de porcelana, puestos sobre una repisa de madera. Al lado, una imagen de la Virgen de Luján.

–Las mujeres se van de boca. Son las que empiezan los quilombos, pero por ahora no queremos que en esta guerra haya muertos –dice Tití, serio. Y agrega: “Las pibas se están fogueando por si el día de mañana me pasa algo”.

–El Mono no es machista. En la banda no sólo hay mujeres morochas, rubias, gordas o flacas; también hay maricones –lo interrumpe su esposa. Justo en ese momento, una travesti con el pelo enrulado entra en la casa a buscar un arma.Las chicas del Mono Tití no mandan; sólo obedecen. “Es sólo cuestión de tiempo”, pronostica Pequitas mientras fuma un cigarrillo con el ceño fruncido. “Si el Mono vuelve a caer en cana o lo matan, tendremos que tomar el poder”, agrega. La frase suena a juramento: el día que sean viudas estarán preparadas para mandar.

sábado 15 de marzo de 2008

Pre-ocupacional


Esta semana tuve que hacer, por cuarta vez en menos de un año y medio, un examen médico pre-ocupacional. Esta experiencia, que puede ser desconocida para quienes suelen nadar lejos de las aguas de la economía formal, es como mínimo tortuosa.
Te dicen que tenés que ir en ayunas e incluso, en algunos casos, sin haber orinado, ya que prefieren que la muestra de primer orín (qué palabra fea…) de la mañana la des ahí mismo. Algunos, más piadosos, te dejan ir con el frasquito lleno desde tu casa.
La cosa es que uno llega, digamos, tipo 8 am al lugar indicado, en ayunas, con sueño y con la idea de hacer el trámite rápido para poder –morfar, y luego- ir a laburar.
Así es cuando llega el primer desengaño. Porque el tipo de establecimiento que se dedica a realizar estos exámenes no suele trabajar para una sola empresa u organismo, sino que tiene una numerosa cartera de clientes que, día a día, le envían un montón de nuevos trabajadores para que cumplan con lo prescrito por la legislación laboral. De manera que cuando uno llega en las condiciones ya descritas, se encuentra con una sala de espera chiquita que rebalsa de gente que tiene en una de sus manos un numerito y, en la otra, un frasco de meo.
Desde ya, es altamente aconsejable para estos casos llevar un diario –largo, tipo Perfil- o algún otro material de lectura, porque la demora en empezar el trámite nunca baja de las dos horas. En serio: NUNCA baja de las dos horas. Y hay que decir que las condiciones de espera no son las mejores, sobre todo por el ayuno: a mi, por lo menos, se me empieza a secar la boca, me da una sensación de vacío en el pecho y unos impulsos violentos de tomar por asalto una panadería.
Pero bueno, más tarde o más temprano, una voz –que ya a esa altura te resulta totalmente familiar- grita tu nombre. Y ahí viene la segunda parte de la cuestión, que es diametralmente opuesta a la anterior: lejos de la estática espera, una vez que te llaman empieza un rally desbocado y vertiginoso, en el cual vas rebotando de consultorio en consultorio, respondiendo preguntas y sometiéndote a exámenes de rutina a una velocidad envidiada por cualquier trabajador de un local de fast food.
Es que el examen pre-ocupacional es como un McDonald’s de la salud: todo rígidamente estandarizado, regido por el criterio de despachar la mayor cantidad de aptos en el menor tiempo posible, en la despersonalización más absoluta y descarnada. Dos letritas por cada ojo bastan para diagnosticar la situación oftalmológica; estetoscopio y llenar un formulario, el análisis clínico; un minuto y tres sonidos tenues son lo que toma descartar insuficiencias auditivas. Por supuesto, en alguna de estas instancias podés toparte con algún profesional que le pone onda y buen humor, pero en general, el clima que reina no es distinto al que debe existir en una cadena de montaje.
Personalmente, me resulta difícil entender por qué cazzo son tan tediosos este tipo de exámenes. Aun por criterios meramente comerciales, deberían proliferar estas instituciones, dada la demanda y las colas de dos horas. Ni que hablar, obviamente, del aspecto cualitativo del proceso, demasiado lejos de lo humano
Ahora bien, sería deshonesto de mi parte que no le dedicara un párrafo al único suceso fuera de lo normal de este examen.
Cuando estaba con el clínico, el tipo me pide en un momento que me baje el pantalón y me acueste boca arriba. Obediente y fiel a la letra, me bajé –sólo- el pantalón y me acosté. En ese momento, y mientras se ponía unos guantecitos de nylon, pronuncia un escueto “permiso” y me baja el calzón hasta la rodilla, luego de lo cual me presiona con énfasis la ingle y me dice “respirá bien hondo”, explicando que dicho procedimiento tenía por objeto analizar los ganglios inguinales. Después repitió el procedimiento en la otra ingle. Pero la cosa es que luego del análisis y cuando yo pensaba que ya había agotado mi cuota diaria de exposición pública, el tipo me dice gentilmente “a ver, date vuelta, por favor”. El pedido me tomó totalmente desprevenido y disparó inmediatamente la pregunta: “¿qué hago si me quiere meter el dedo en el culo?”, a lo cual siguió –con la misma celeridad- la respuesta obvia: “lo mato”, pero sabiendo que quizá la reacción no podría deshacer la violación. Me di vuelta con cautela y en actitud de franca preocupación tras lo cual el doctor procedió a lo que se conoce popularmente como “abrir el libro” y, por suerte, se limitó a una brevísima inspección ocular.
Sólo resta decir que si algún lector tiene la intención de hacer una broma sobre esto último, por favor, que trate de no caer en el chiste fácil. Creo merecer, al menos, algo de originalidad.

jueves 6 de marzo de 2008

Humilde agradecimiento

Como el post anterior (en rigor, el primer post luego de casi un mes sin escribir) es largo, denso e injustificadamente pretencioso, quería dedicar este pequeño espacio a agradecer a todos aquellos que, virtual o personalmente, me incentivaron a continuar con el blog. Como parafraseó un buen amigo en su comentario a mi primer post, "los blogs son un ejercicio narcisista de sus autores", así el mimo ha resultado más que reconfortante.
Así que para Juli, Mati, Agus, Lucas, M. y demás, muchas gracias por el ánimo. Y aunque no tenga un carajo que ver, les regalo esta bonita pieza, que para mi es un incunable.
Abrazos.

La muerte de la política o Del Pacto Inicuo


El comienzo de la historia es bastante curioso: sentados en la plaza ubicada en la esquina de Lavalle y Bouchard, esperando para entrar al Luna Park a ver a Deep Purple. Ni Martín ni yo esuchamos Deep Purple, pero me regalaron dos entradas. El recital fue muy bueno.
Mientras esperábamos, Martín me hace un comentario. Martín es un poco más chico que yo, un poco más zurdo (¿trosco?) que yo, no sé si más idealista, seguro que igual de nostálgico. Además de la amistad nos une Marx, Hegel, Borges y Los Redondos, sobre todo Los Redondos. Él va a la cancha.
Decía: Martín me hace un comentario. Me dice que un tipo que trabaja en su barrio, charlando, le cuenta que se está por mudar. Vive y vivió toda la vida en la misma zona suburbial del conurbano (creo que me dijo Ciudad Evita, pero no me acuerdo ni importa), pero se muda, porque la situación se hizo insostenible por sus pagos. El tipo le cuenta, básicamente, que los chicos se adueñaron –en el sentido más literal posible- del barrio. No hay pibe de 14 años que no esté armado. Manejan la droga, el crimen, quién entra y quién sale. Le dice que su hija, para que no le pase nada que no quiera, se tiene que juntar con la barra brava de no sé qué club de fútbol del ascenso. Siente que ya no hay seguridad, que ya no hay códigos. Y se muda.
Lo primero que pensé fue en Ciudad de Dios (gran, gran película), en la cual al final son los chicos los que se adueñan de los negocios de la favela. Después pensé en lo terrible que es estar llegando a ese extremo. Y finalmente, me puse a pensar en el extremo.
Por supuesto, no tardamos nada en razonar que esa realidad no es más que el corolario de la devastación social neoliberal en sentido amplio, es decir, como la destrucción de todos los lazos sociales, vinculares, comunitarios, de su derrota estrepitosa en manos del mercado y sus modos exclusiva y salvajemente competitivos. Nos detuvimos en la cuestión de los códigos: código supone necesariamente alguna forma societal, consensos, acuerdos, voluntades confluyendo en un punto, heterogeneidades que se reúnen por aquello que tienen en común. La pérdida de los códigos daría cuenta, justamente, de la destrucción de la sociedad como tal, de la pura acumulación de infinitas entidades no ya inconexas, sino en pura colisión. Definimos, sin pretender originalidad, que esa podía ser una definición aproximada de la marginalidad.
Y pensamos también en la relación de la marginalidad con el mercado de trabajo y su nueva fisonomía: por un lado, una cierta capa de trabajadores con altos niveles de especificación que, junto a profesionales y otras variantes, logran colarse entre los sectores medios o medios-altos que sobreviven sin perder (e incluso ganando) cierto estándar de vida. Y por el otro, sectores informalizados, totalmente excluidos de los beneficios de la economía formal, socio-económicamente inestables y, finalmente, sectores marginales, para los cuales el trabajo, la salud, la educación y el resto de los derechos básicos de cualquier persona son sumamente precarios y deficitarios o, directamente, inexistentes.
Entonces, se modifica absolutamente lo que fue el cuadro revolucionario clásico. Hay lucha de clases, los poseedores se enfrentan con los desposeídos. Pero ya no hay códigos, no hay un proyecto o un ideal detrás de la lucha, no hay política: sólo hay pura violencia, descarnada, generalizada violencia. Un chico de catorce años con un arma, matando por droga, abusando de otras niñas de la misma edad, eso es la negación por excelencia de la “violencia política”. Y una sociedad sumida en ese cuadro es, se podría afirmar, una sociedad sin política.
Llegados a ese punto, hice la última asociación, por cierto no menos devastadora que las anteriores.
En su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Rousseau trata de pensar al hombre en estado de naturaleza, retratando lo que se conoce como “buen salvaje”. Ese hombre, casi puro instinto, se corrompe con el nacimiento de la sociedad, la cual tiene su origen en la propiedad privada. Con la propiedad, surgen las desigualdades materiales y las de poder, que se van retroalimentando hasta degenerar en una guerra de ricos contra pobres. Pero llegados a ese punto, los ricos les propusieron a los pobres un “Pacto Inicuo”: fijar reglas de convivencia para poder tener un orden social más o menos equilibrado. Sin embargo, en la práctica, ese pacto significó la institucionalización del dominio de los ricos; de ahí que Rousseau afirme que los pobres “corrieron al encuentro de sus cadenas, creyendo asegurar así su libertad”. Según la teorización del ginebrino, este nuevo status institucional de la dominación sólo profundizó las diferencias y los enfrentamientos entre ricos y pobres, el orden político degeneró en tiranía para sucumbir finalmente en una anarquía absoluta y en un estado de guerra de todos contra todos tal como el descrito por Hobbes… o peor.
Es interesante señalar que ese libro termina ahí, sin ningún atisbo de solución, en un absoluto pesimismo. Mucho más adelante, Rousseau escribirá el Contrato Social, en tono absolutamente normativo, es decir, en el plano del deber ser, como la única alternativa al pacto inicuo. Destaquemos, finalmente, que la precondición sine qua non que Rousseau estableció para que se pudiera concretar un verdadero Contrato Social fue una distribución lo suficientemente equitativa como para que no hubiese nadie tan rico como para comprar a otro, ni nadie tan pobre como para venderse.
Hoy, a más de doscientos años de escrito todo esto, la propuesta del Contrato Social no sólo se evidencia impracticable, sino reprobable en muchos puntos. Sin embargo, los trazos con los que se contornearon los momentos previos y posteriores al pacto inicuo, parecen tener plena vigencia. Si el orden político moderno fue ese momento en el cual nos esclavizamos creyendo asegurar nuestra libertad, estos días parecerían no ser más que la degeneración extrema de esa desigualdad instituida y legitimada, días de guerra de todos contra todos sin ningún horizonte esperanzador, los días de la muerte de la política. Y entonces, a nosotros, se nos podría aplicar la sentencia devastadora que Rousseau escribiera en su Discurso: “Disgustado de tu estado presente por razones que anuncian a tu posteridad desdichada desazones mayores todavía, tal vez desearías poder retroceder; este sentimiento debe servir de elogio a tus primeros antepasados, de crítica a tus contemporáneos y de espanto para aquellos que tengan la desgracia de vivir después que tí”.